Rebeca Serrano: Periodista & Alaitz Arruti: Escritora

domingo, 19 de febrero de 2017

Domingos que te hunden para dar paso a lunes que te reconstruyen.

Somos nosotros mismos quienes nos aporreamos continuamente. Y es que el tormento va por dentro para las personas que no sabemos gestionar nuestros sentimientos. Las emociones que internamente nos recorren y corroen  ansiosas por gritar al mundo que nos va a estallar la mente. De pensar, de continuamente darle vueltas a lo mismo y marearte. Emborracharte de pensamientos negativos que enmascaras tras aparentemente sinceras sonrisas. Lo has hecho tantas veces que ya te sale sin deliberarlo demasiado, sin querer siquiera engañar a nadie o quizás queriendo estafarte solo a ti misma.

¿No dicen que la felicidad está únicamente en tu cabeza? Pero también la tristeza. Y de repente ves personificada tu mente a través de una pantalla. Inerte, entre un mar de gente, inmóvil, sin saber hacia dónde tirar. Hacia dónde dirigir los pasos que decidirán tu próximo triunfo o una derrota más. Convenciéndote a ti misma que el cambio está en tus propias manos. Que de nada te sirve pedir ayuda y que como mucho te debilitará. Confías. Confías en el coraje que ella te dejó en herencia y en otras ocasiones supiste utilizar. 

Por que existe una acción que repetimos más que ninguna otra a lo largo de nuestra vida. El ser humano, no deja de sentir ni un segundo desde el momento en el que nace hasta el que muere y sin embargo, son pocas las personas que consiguen aprender a gestionar, a hablar y a expresar sus sentimientos. 

Algo nos frena, nos corta las cuerdas vocales ante la pregunta de "¿que tal estas?". Las palabras se entrecortan y se produce un silencio de unas milésimas de segundo, los que pasamos hurgando en nuestra mente, pero no la forma en la que estamos precisamente. Lo que buscamos es una sola razón para decir la verdad, para decir que todo va mal, que no sabes hacia donde tirar. Que si, que la solución esta en tus manos, pero que anda perdida entre todas las rayas de tu palma. 

Sin embargo, tu respuesta es siempre la misma: "genial". Para que decir más. En realidad, el poco tiempo que te has tomado para pensar ha terminado dando la respuesta real. Pero no te lo preguntará y encima crees que lx has conseguido engañar. Tampoco entiendes que hablar te pueda aliviar. 

Sueñas con el momento de cruzar la puerta de casa, de tirarte en la cama y viajar a ese país en el que nada malo te puede pasar. "Mañana será otro día" te dices convencida. Así que una vez más, el día vuelve a amanecer y sin explicarte la razón, consigues encontrar el modo de sobrevivir, de volver a sonreír sin tener que fingir. Justo en el momento exacto en el que el lodo rozaba tu garganta y te veías al fondo de unas arenas movedizas. Aliviada y satisfecha pero con una nueva preocupación: "¿Hasta cuándo podrá durarme el estado de felicidad para volver a verme en esta situación?"

Porque la realidad es que no le has puesto remedio alguno, simplemente has dejado que un día mas salga el sol y olvidar que apenas hacía unas horas tus piernas caminaban por cumplir su función y que tarde o temprano sin piedad alguna, regresará esa misma preocupación. Deseas tener la opción de desconectarte por un tiempo y volver a la vida cuando estés preparada para engullirla. Un tiempo de descanso en el 
limbo donde reorganizar tus ideas.

Pero por desgracia, sabes que eso no es posible. Que la única salida es darle solución a tus heridas. Coger tu vida por las riendas, agitarlas y correr sin girar hacia atrás la mirada. Hacer una lista de todo aquello por cambiar y empezar poco a poco pero desde ya. Tener conciencia de que existe una sola vida, que es tuya y que tu tienes el poder de cambiarla. Que puedes ser quien quieres ser y hacer todo lo que tu mente puede esconder.

R.

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